Islas Lofoten (Noruega), el paraíso de Odín al alcance de los esquiadores más osados

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Lofoten es el destino de los esquiadores que persiguen trazar líneas imaginarias sobre la nieve
Jue, 23/11/2017 - 22:04
Es difícil hallar parajes inhóspitos donde pocos hayan estado antes y menos que, con una logística sencilla y asequible, sea posible ser uno de los pioneros. En Noruega, una de las cunas del esquí, todo esto es posible y en las islas Lofoten, todavía más.
Cada vez somos más los practicantes del esquí de montaña que intentamos huir de las masificaciones y buscamos entornos libres de gente. La práctica del esquí en Lofoten es bastante reciente si lo comparamos con el resto de Noruega. El archipiélago que conforma estas islas no estuvo totalmente conectado por carretera en el año 2007. La E10, conocida como “Lofast”, une las poblaciones de Narvik y Harstad, en el continente, con el resto de islas hasta Moskenes a través de puentes y túneles por debajo del mar.
 
En comparación con la Europa continental, existen rincones donde la posibilidad de abrir nuevos itinerarios y practicar el esquí de aventura todavía es posible. Su abrupto relieve recortado desde el mar, su infinidad de valles, fiordos, canales, palas y picos con accesos por tierra y por agua lo hacen un lugar ideal para soñar.
 
 
Las islas Lofoten son un centro de peregrinaje de los esquiadores más aventureros del planeta que, en los últimos años, han crecido de forma exponencial. La publicación de guías de esquí de montaña y el fácil y rápido acceso desde el continente, son la causa de esa expansión, por ahora controlada.
 
Svolvaer es punto de llegada y partida de los visitantes y esquiadores del archipiélago. Es una de las mayores ciudades de Lofoten, cuenta con un pequeño aeropuerto y representa un centro importante de transportes y comunicaciones.
 
 
Viajar con los esquís a cuestas puede resultar un poco incómodo. Cuando lo haces con compañías como SAAS O NORWEGYAN todo es más fácil ya que están acostumbradas a este tipo de equipajes y la logística de embarque es rápida y sencilla.
 
Si vuelas desde Barcelona o Madrid, es necesario pasar de nuevo por la aduana en Oslo y volver a embarcar. Y allí hay que cerciorarse de que cargan también nuestro material en el siguiente vuelo de Oslo a Harstaad-Narvik Evenes. Una escala mínima en Oslo es necesaria. El siguiente vuelo es corto, alrededor de 2 horas. 
 
La llegada al aeropuerto de Evennes es espectacular y el paisaje desde el aire es el que uno se espera después de ver mil fotos del lugar de destino. Y aun así no deja de sorprender: montaña, nieve y mar.
Un atardecer naranja de postal nos rodea mientras cargamos los coches de alquiler. ¡Menudos coches! Ruedas de clavos, 4x4 y asientos calefactados. Aquí los quitanieves brillan por su ausencia y es necesario un vehículo bien equipado.
 
 
Tres horas de viaje nos separan de Svolvaer, nuestro destino en Lofoten. Iremos del continente al archipiélago por la carretera E10. Sencillo, pero mejor si en el alquiler te programan el GPS en algún idioma familiar. Pasar del noruego al inglés puede ser una pequeña odisea.
 
El atardecer infinito nos acompaña largo rato durante el viaje que transcurre entre islas, puentes y túneles. El límite de velocidad es de 80 km/h y se hace difícil acostumbrarse a este ritmo entre las ganas de llegar y el paisaje abrumador que distrae la mirada en cualquier viraje. Anochece más lentamente…  ¿Hoy será un buen día para ver Auroras Boreales? ¡Atento a la carretera!!
Edificios modernos conviven con las coloridas casas noruegas de madera pintada de tonos rojos, amarillos, ocres y con los Tortvak -casas con cubierta de turba, hierba y tierra-. Increíble, por la mañana puede ser un espectáculo.
Llegamos a Svolvaer y con nosotros la noche. Es el centro administrativo de Vågan, en la provincia de Nordland; una ciudad portuaria grande de cara al mar. La oscuridad del paisaje se rompe con la iluminación de sus calles y casas.
Hay variedad de alojamientos para los visitantes, lo más común son los lodges o rorburgs, cabañas de madera espaciosas y ultra-confortables donde se cuida hasta el más mínimo detalle.
El recuerdo de la primera mañana en Lofoten es imborrable. Ver salir el sol en el horizonte marino es siempre un lujo para los sentidos. La luz amarilla inunda la habitación, olvidé correr las cortinas anoche. Deben ser las 5,30. Desde la cama, enterrado en un edredón, oigo las gaviotas graznar tras un barco que entra en el puerto. Me levanto y abro la puerta de la cabaña para empaparme del espectáculo que intuyo. 
 
 
Como una vecina cotilla salgo al patio y mis zapatillas quedan enterradas en la nieve. Ayer cuando llegamos caía una ligera llovizna. El olor a salitre danza en el ambiente. El sol empieza a sentirse, no hace mucho frío. El sitio es abrumador. Las montañas nevadas se hunden en el mar bruscamente cortando esa infinita horizontal, sus cumbres son afiladas y sus paredes de granito limpias y verticales. El contraste del azul turquesa del mar, la arena blanquecina que se mezcla con la nieve y las rocas negras del espigón... Nunca he visto nada igual.
 
 
Desembolsamos nuestro material, esquís y botas, entre cajas de vino, jamón y embutido del bueno. Vestidos de romanos nos disponemos a explorar estas maravillosas laderas nevadas. Nos esperan por delante 6 días de esquí de montaña y sorpresas a cada instante.
 
El entorno de Svolvaer nos ofrece un amplio abanico de posibilidades, tanto para el esquiador clásico de esquí de montaña, que prefiere confort, buenas vistas y salidas más o menos concurridas, como para los que les gusta investigar con sus esquís, amantes de la travesía de aventura que buscan rincones salvajes lejos de las huellas.
 
 
Los días se suceden entre salidas, a cuál más espectacular. Cumbres con nombres impronunciables van engrosando nuestra lista de experiencias: laderas tranquilas, sencillas y fotogénicas, canales pendientes, esquí, alpinismo y travesías circulares. Varden, Rundfjellet, Torskmannen, Breitinden, Geitgallien y otros picos remotos, que prefiero no desvelar, quedarán grabados a fuego.
 
Los desniveles diarios son muy variables y los vamos adaptando en función de la meteorología cambiante, el cansancio acumulado y el ritmo del grupo. La calidad de la nieve va cambiando como lo hace el clima. En un solo día se pueden vivir las cuatro estaciones: es posible amanecer lloviendo, salir el sol, taparse de nuevo y empezar a nevar como si no hubiera un mañana. 
Esquiar en polvo mientras se pone el sol a las 10 de la noche es una experiencia adictiva.
 
Hoy amaneció un día de perros, pero seguimos excitados. Después de un desayuno pantagruélico como viene siendo costumbre, salimos a investigar una cortita canal detrás del Vagakallen. No se ve nada y el polvo se humedeció. Salvamos las rodillas como podemos y también la mañana. El día es largo y, sin cambiarnos de ropa, decidimos visitar la bahía de Unstad, en Leknes, a una hora y cuarto de viaje.
Unstad es la cuadratura del círculo para un surfista-esquiador. No hay cocoteros, pero el lugar es paradisiaco pese a hallarse por encima del Círculo Polar Ártico.
 
El calor de la corriente del Golfo da la posibilidad de tener agua sin congelarse todo el año, lo cual facilita la práctica del surf. El viento es fuerte, pero la temperatura se mantiene en 0 grados, mientras que el agua del mar ronda los 5. Dicen que es la mejor época del año para surfear. Hay que ir bien abrigado y con un neopreno de entre 5 y 7 milímetros de grosor, botines y guantes.
 
En Unstad llevan 30 años practicando surf y existe un precioso lodge donde es posible alquilar todo el material. Dudamos largo rato y nos entra la risa tonta. Tras casi dislocarnos cuatro veces los hombros para enfundarnos en los trajes de neopreno, ya estamos listos. Una pandilla de pingüinos corre a través de los campos nevados con sus tablas bajo el brazo, dirección a la gélida ola ártica. 
 
 
No dormirse conduciendo de regreso, creo que fue nuestra más memorable hazaña. Nos llaman a la puerta de la cabaña. Es de noche todavía y estamos doblados. Alguien se atreve a levantarse de la cama y abre la puerta. Es el capitán del barco que contratamos para hoy y nos anuncia que zarpa en breve.
Si hay algo que uno no debe perderse de ninguna manera en su visita, es la salida del sol desde el mar. La perspectiva es marciana.
Después de estar varios días recorriendo los pliegues de esta tierra caprichosa y revirada, la vista desde el mar hacia la tierra nos brinda la posibilidad de hacernos una mejor composición de lugar.
 
 
El velero abandona el puerto de Svolvaer y se dirige a Trollsfjord. Durante el viaje tenemos tiempo de desayunar con tranquilidad. Una foca curiosa se cruza en nuestro camino mientras empieza a nevar. Los copos de nieve son grandes y densos. La entrada del fiordo está cerca y la vista se nos pierde entre cumbres y valles. El ritmo del velero es pausado. El esquí que nos depara Trollsfjord es tan alucinante que se hace difícil describirlo. Podríamos quedarnos a vivir en este recóndito lugar. Mientras descargamos los esquís en el muelle de nuestro último día, ya estamos deseando volver.
 
 
Como guía de montaña he tenido la oportunidad de visitar lugares increíbles y con la excusa de escalar o esquiar he ido conociendo este planeta que, por azar, nos tocó habitar. Tuve suerte de viajar varias veces a Lofoten y sin duda es uno de los sitios más cautivadores que jamás vi. Doy gracias a todos y cada uno de los compañeros con los que pude compartir estas experiencias. Fruto de este agradecimiento enorme nace mi relato, con la intención de compartir un tesoro enorme, revivirlo y seguir soñando en voz alta.
 
 
Si quieres esquiar en las islas Lofoten, hay grupos cada semana que salen de Barcelona y Madrid. Sólo se requiere un nivel de esquí medio-alto en montaña. El viaje incluye 2 días de viaje y 6 días de esquí de montaña, con desniveles diarios de entre 600 y 1200 metros en función del grupo. 
 
Si te apetece esquiar en el círculo polar ártico con nosotros no dudes en contactar:
 
*El autor de todas las fotografías es NATALIA ALLIEVI
 

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