Glaciar Chacaltaya de Bolivia: otra triste historia del cambio climático

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Glaciar Chacaltaya de Bolivia: otra triste historia del cambio climático
Lun, 02/09/2019 - 17:15
Se cumplen 10 años de la desaparición en Bolivia del glaciar más alto del mundo adaptado al esquí con un remonte y una pista.

Hace poco más de una semana que Islandia despedía al primer glaciar del país desaparecido por el calentamiento global. Okjökull, nombre del glaciar, será recordado con una placa (ver notícia en este enlace).

Pocos recuerdan sin embargo, que hace justo diez años también desaparecía otro glaciar, el de Chacaltaya, en Bolivia. Sin ruido, sin placa que lo recuerde, la muerte de Chacaltaya en agosto de 2009 fue un primer ejemplo anticipado y dramático de lo que, si no se frena, puede suponer el calentamiento global para muchas otras estaciones de esquí. Pero ¿Cómo se esquiaba en Chacaltaya? ¿Era, realmente, una estación de esquí? Os lo contamos.


Entrando a esquiar en el glaciar de Chacaltaya en 1997 (Foto: CEJ)

Fue el 7 de agosto de 2009. Lo explicó la BBC en este reportaje (ver enlace) que, en el fondo, era más un aviso anticipado con un año de antelación que una constatación. Según la Wikipedia (ver enlace) el glaciar desapareció totalmente un año más tarde, en 2010. En cualquier caso, tuviera la razón la BBC o la Wikipedia, Chacaltaya no era un glaciar cualquiera. Era el único glaciar de Bolivia apto para ser esquiado. En 1943 fue equipado con un remonte y un par de pistas de esquí.

El glaciar Chacaltaya, (entre los 5.400 y los 5.200 metros de altitud), formaba parte del tronco central de los Andes en la zona de Bolivia, lo que se conoce como Cordillera Real. Tuvo el honor de ser la pista de esquí más alta del mundo durante bastantes años y eso era lo que la hacía más conocida en el mundo del esquí.

Aunque sólo se encontraba a 30 kilómetros de La Paz, en la práctica eran dos horas de coche; y es que el camino a partir de la ciudad de El Alto era una pista de 10 kilómetros de tierra y piedras que, por más inconvenientes, a veces quedaba cubierta de nieve o hielo en los últimos kilómetros.

Cuentan los periódicos bolivianos que un equipo de científicos del país comenzó a medir el glaciar de Chacaltaya a mediados de los años 90, cuando ya se encontraba en regresión. Entonces previeron que el glaciar, que se había empezado a formar unos 18.000 años atrás, sobreviviría hasta 2015.

Debían pecar de prudencia, quizás para no ser acusados ​​de catastrofistas por los más escépticos calentamiento global. El glaciar murió, como explicábamos en el encabezamiento del artículo, en agosto de 2009.

Pero, ¿Cómo se esquiaba a Chacaltaya? ¿Era, realmente, una estación de esquí? La respuesta, aunque con más de 20 años de retraso y estirando un poco en la memoria y con el apoyo de alguna fotografía, os la explicamos a continuación.


Ante el refugio del Club Andino Boliviano de Cahacaltaya, el año 1997 (Foto: CEJ).

Así era el esquí en Chacaltaya

Han pasado muchos años desde mi visita a Chacaltaya. Fue en los años 1997 y 1998, cuando el Centre Excursionista Jonquerenc, entidad de la que formaba parte, organizaba una vez al año expediciones de alpinismo por diferentes cordilleras del mundo.

La visita a Chacaltaya formaba parte de los días dedicados a la aclimatación previa antes de intentar alcanzar alguna de las cimas de la Cordillera Real. Por cierto, que nadie piense que soy un gran alpinista, todo lo contrario, en la práctica no soy más que un aficionado a los trekkings y a subir cimas algo escarpadas y bien soleadas.

En cualquier caso, para llegar a Chacaltaya primero había que contactar con la oficina del Club Andino Boliviano, en La Paz, desde donde contactaban con el guarda para avisarle de las intenciones del grupo de esquiar en el glaciar. Al día siguiente, muy temprano, se subía al refugio con una "movilidad" (Nissan Vanette), una furgoneta-taxi de 7 plazas muy común entre los taxistas de La Paz en aquellos años.

Curiosamente la subida por el camino tortuoso es uno de los episodios que más recuerdo de mi esquiada en Chacaltaya, básicamente porque los últimos 2 o 3 kilómetros los hicimos sobre unos pocos centímetros de nieve caídos durante la noche, con el taxista dentro del vehículo muy bien abrigado y encogido al volante mientras escuchaba a todo volumen la ronca Radio Chacaltaya, emisora ​​musical de moda del momento y que, aún hoy, sigue siendo muy escuchada en la Paz y en El Alto. Nosotros a menudo bajábamos y empujábamos la furgoneta, agotados y cansados ​​por la altura y en diferentes tramos del camino, hasta llegar a la base del refugio, a 5.250 m.

Una vez arriba, el guarda del refugio de quien recuerdo una cara castigada por el frío y el sol, atendía a los clientes en un edificio muy austero pero digno. Y poco que ofrecer, más allá de un mate (infusión) de coca. En las paredes del refugio algunos detalles que a mí me parecieron lo más interesante: unas pocas fotografías y recortes de periódicos clavados en un rincón donde se podían ver, o leer, sobre unos campeonatos de esquí celebrados en el glaciar.

Al borde mismo del refugio, a no más de 50 pasos, ya se podía pisar el glaciar, que entonces ya se veía pequeño y tenía el aspecto más de una lengua de nieve lisa y uniforme que no de un glaciar. Apenas se podían intuir los dos trazados principales de esquí por donde deslizarse, aunque sobre el mapa que reproducía una postal comprada por las calles de La Paz, se suponía que había 4.

Por supuesto, las pistas no se trataban con ninguna pisanieves. Allí se esquiaba sobre nieve o sobre hielo siempre natural. Bajo el refugio, una habitación sin luz con material de esquí viejo para alquilar. Todo era precario y el remonte (un cable sustentado en triangulación) aún lo era más: un motor de camión instalado en un chalet-barraca de madera que hacía mover un cable instalado con tres soportes, que le daban una forma triangular a lo largo y ancho de los no más de 200 metros de desnivel.

No recuerdo el tiempo que estuvimos esquiando, tal vez una hora, quizá dos, pero si recuerdo que remontar por el cable era muy incómodo. Tampoco recuerdo si dejamos de esquiar porque hacerlo a 5.300 m era exageradamente cansado o porque se acabó el gasoil del motor, que por cierto se paraba a menudo. Recuerdo, eso sí, como muy emocionado el guarda del refugio salió a hacernos unas fotografías mientras esquiábamos. Según él hacía "mucho tiempo" que nadie había subido a esquiar a Chacaltaya. Y ese "mucho tiempo" me desconcertó sobre la popularidad que se le atribuye, se le atribuía, al glaciar.

La esquiada fue más emotiva que gratificante, y es que para mí, ya entonces un "enfermo de nieve", fue uno de esos momentos deseados, más por el significado de esquiar allá arriba que por la experiencia en sí misma. Hoy, cuando ya han pasado más de 20 años desde aquella esquiada en las nieves de Bolivia y, día sí día también, escucho por la radio, televisión, o por los titulares de Twitter, que los glaciares de todo el mundo retroceden a pasos agigantados, lo recuerdo con una extraña sensación de privilegio y pena, resignación y a la vez de esperanza impotente.

Este mes de agosto hemos despedido irónicamente, solemnemente, la desaparición del glaciar Okjökull. Lo hemos hecho justo cuando se cumplen 10 años de la desaparición de Chacaltaya. Así pués la pregunta parece obvia ¿Alguien se atreve a pensar que estaremos celebrando en agosto de 2029?

 

 

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